Evidencia del Tratamiento a Hombres
¿SE PUEDE Y DEBE TRATAR PSICOLÓGICAMENTE A LOS HOMBRES
VIOLENTOS CONTRA LA PAREJA?
RESUMEN
En este artículo se comentan las razones por las que resulta conveniente y
necesario el tratamiento psicológico de los hombres violentos contra la pareja.
Asimismo se lleva a cabo un análisis de las posibles vías de articulación entre
las medidas judiciales y de tratamiento psicológico en este tipo de casos. Se
analiza la motivación para el tratamiento y se señalan las principales vías de
intervención terapéutica, así como los resultados obtenidos. Por último, se
comentan las líneas de investigación más urgentes.
INTRODUCCIÓN
La violencia en el hogar ha experimentado un desarrollo espectacular
en las dos últimas décadas. Se trata de un fenómeno epidémico que, al hilo
de los retos planteados al varón por los valores democráticos de la sociedad
actual y por el nuevo rol de la mujer, ha crecido a un ritmo más rápido incluso
que los accidentes de coche, las agresiones sexuales y los robos. En realidad,
la familia es el foco de violencia más destacado de nuestra sociedad. De
hecho, en España, según un informe reciente del Ministerio de Asuntos
Sociales, hay unas 640.000 mujeres víctimas de maltrato habitual (el 4% de
la población femenina adulta), pero, en total, son más de 2,5 millones (el
16,5%) las que confiesan haber sido víctimas de maltrato en algún momento
de su vida.
Por extraño que pueda parecer, el hogar -lugar, en principio, de cariño,
de compañía mutua y de satisfacción de las necesidades básicas para el ser
humano- puede ser un sitio de riesgo para las conductas violentas, sobre todo
cuando éstas quedan impunes. Las instituciones más o menos cerradas, como
es el caso de la familia, constituyen un caldo de cultivo apropiado para las
agresiones repetidas y prolongadas. En estas circunstancias las víctimas
pueden sentirse incapaces de escapar del control de los agresores al estar
sujetas a ellos por la fuerza física, la dependencia emocional, el aislamiento
social o distintos tipos de vínculos económicos, legales o sociales (Corral,
2000).
El maltrato contra la pareja es resultado de un estado emocional
intenso -la ira-, que interactúa con unas actitudes de hostilidad, un repertorio
de conductas pobre (déficit de habilidades de comunicación y de solución de
problemas) y unos factores precipitantes (situaciones de estrés, consumo
abusivo de alcohol, celos, etcétera), así como de la percepción de
vulnerabilidad de la víctima.
Asimismo un hombre tiende a descargar su ira específicamente en
aquella persona que percibe como más vulnerable (una mujer, un niño o un
anciano) y en un entorno -la familia- en que es más fácil ocultar lo ocurrido.
Además, los logros obtenidos con las conductas violentas previas desempeñan
un papel muy importante. Muy frecuentemente el hombre maltratador ha
conseguido los objetivos deseados con los comportamientos agresivos
anteriores. Es decir, la violencia puede ser un método sumamente efectivo y
rápido para salirse con la suya. A su vez, la sumisión de la mujer puede
quedar también consolidada porque, con un comportamiento claudicante,
consigue evitar las consecuencias negativas derivadas de una conducta
violenta por parte de la pareja. Todo ello explica, junto con otras variables (la
dependencia emocional y económica, la presencia de los hijos, la presión
social, el miedo al futuro, etcétera), la perpetuación en el tiempo de tipos de
relación claramente insanos (Lorente, 2004).
Una vez que ha surgido el primer episodio de maltrato, y a pesar de las
muestras de arrepentimiento del agresor, la probabilidad de nuevos episodios
-y por motivos cada vez más insignificantes- es mucho mayor. Rotas las
inhibiciones relacionadas con el respeto a la otra persona, la utilización de la
violencia como estrategia de control de la conducta se hace cada vez más
frecuente. El sufrimiento de la mujer, lejos de constituirse en un revulsivo de
la violencia y en suscitar una empatía afectiva, se constituye en un disparador
de la agresión.
En la mayor parte de los casos los episodios de malos tratos comienzan
en los inicios del matrimonio, e incluso durante el noviazgo (Echeburúa,
Corral, Sarasua y Zubizarreta, 1996). En este sentido, la presencia de algún
tipo de agresión psicológica en los primeros meses de relación es un claro
predictor de futuros episodios de maltrato físico (Murphy y O'Leary, 1989;
O'Leary, Malone y Tyree, 1994).
Una característica del maltrato es la negación de esta conducta por
parte del maltratador (tabla 1). Cuando una conducta genera malestar al
pensar fríamente en ella o es rechazada socialmente, se utilizan estrategias
de afrontamiento para eludir la responsabilidad, como buscar excusas, alegar
que se trata de un problema estrictamente familiar, hacer atribuciones
externas, considerar lo que ocurre como normal en todas las familias o quitar
importancia a las consecuencias negativas de esas conductas para la víctima
(Fernández-Montalvo y Echeburúa, 1997; Madina, 1994).